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El final es el principio. Maratón de Atenas. Duodécima maratón descalza del año.



Correr en Atenas es uno de los sueños de todos los corredores de maratón. Eso es algo que constatas cuando estás allí por la cantidad de corredores que acuden a esta prueba desde todos los países del mundo. Por eso querer terminar allí mi reto de doce maratones descalzas en un año tenía mucho sentido y suponía una motivación extraordinaria para llegar al final. Cuando te planteas este tipo de planes a largo plazo acabarlas con un incentivo puede resultar más fácil, en este caso y como me temía resultó más difícil aunque nada tuvo que ver la maratón de Atenas en sí.

Esta carrera es una de las que hay que comenzar a peregrinar hasta la salida a horas en las que aún no han puesto las calles. Así me levantaba a las cuatro y media para estar una hora después en la Plaza Sintagma, uno de los cinco sitios donde los autobuses nos recogían para llevarnos a Maratón. Este era el lugar donde casi todos los corredores éramos extranjeros ya que en el resto de paradas estaban distribuidas por otras zonas menos turísticas de Atenas. 

El dispositivo de la organización de esta maratón resultaba impresionante en su eficacia en todo el desarrollo. Desde el montaje de una impresionante feria del corredor, la más grande que había visto hasta el momento, el despliegue de transporte para los corredores y la logística de apoyo en toda la carrera donde de forma rotunda se veía que era lo más importante del día para TODOS los atenienses. Si he visto en mi vida una ciudad completamente volcada en su maratón es Atenas.

Para mí esta ocasión era dos veces especial, cerraba el ciclo de doce maratones del año y corría en la cuna del maratón. Esto era muy importante para mí que he hecho de esta prueba uno de los ejes de mi vida. Por todo ello, mi motivación era extrema y aunque sabía que una vez más no sería fácil mi mentalización era muy fuerte.

La llegada al estadio de Maratón, de donde salía la carrera fue a las siete de la mañana y tuve que afrontar dos horas de espera para que saliese la carrera. Entre tomar café en el bar del estadio, curiosear por los alrededores, hablar con algunos corredores y prepararme se pasó el tiempo bastante rápido. Así que casi sin darme cuenta ya estaba en el cajón número tres donde nos agrupábamos los dorsales de color azul que habíamos puesto que pretendíamos hacer la carrera entre tres horas y media y cuatro.

Muchos corredores españoles al leer mi camiseta con el nombre del Club Saltamontes y de Segorbe se dirigían a mí para comentar la carrera y mi particular forma de afrontarla. Correr descalzo es una forma de hacer mucha vida social en las competiciones :). Así conocí a Alejandro de Zaragoza que vivía en Zurich y acudía desde Suiza a correr a Grecia, dos compañeros de Jaen, otro de Tenerife y muchos más que me fui encontrando por el camino con casualidades tan graciosas como el saludo que me hizo ya por el kilómetro treinta y siete, el hermano del cartero que va a mi casa.

Una vez en el cajón la carrera se secuenció con diferencias de tiempo notables. De hecho entre el tiempo que me marcaba mi cronómetro y el oficial hubo una diferencia de más de cuatro minutos. La salida resultó muy festiva con muchos aplausos, cientos de globos, muchos corredores disfrazados de guerreros espartanos y otras ocurrencias. Así, los primeros kilómetros fueron transcurriendo de forma muy relajada en ritmos entre cinco minutos veinte segundos por kilómetro. Un chico griego, Mikael, me comenzó a preguntar sobre la experiencia de correr descalzo y así fuimos conversando cerca de diez kilómetros. La verdad es que la actitud hacía este tema resultó muy entusiasta por muchos corredores y por el público que me estuvo animando y diciendo cosas que yo no entendía durante todo el trayecto.

Los primeros doce kilómetros transcurrieron de forma amable en un llano con mucha animación de público en muchos puntos. La presencia de un público entusiasta sería una constante por todas los tramos urbanizados por los que pasamos. Se notaba que los atenienses vivían este evento con pasión porque animaban con fervor y cariño a todos los corredores incluso aunque llevasen pasando horas. La verdad es que aún me conmueve pensar en la gran ayuda que tanta alegría y ánimo supone para los humildes corredores anónimos que nos esforzamos en llegar.

Pero lo que prometía ser una carrera sin demasiados contratiempos empezó a cambiar de forma clara a partir del kilómetro catorce y no por el hecho de que se iniciase un ascenso progresivo de casi dieciséis kilómetros. La paradoja es que el problema que temía que pudiese revelarse, unas ligeras molestias en la ingle no se manifestaron. Sin embargo esas molestias en la media maratón de Gandía que corrí el domingo anterior supusieron que pisase de una forma ligeramente distinta, algo que me produjo un dolor en el talón del pie derecho. Como gracias a la realización de ejercicios de fortalecimiento de la cintura las primeros problemas desaparecieron no creí que fuese a tener más complicaciones. Sin embargo, todo indicaba que el domingo anterior me había hecho daño en el talón y eso seguía sin haberse curado del todo. La situación fue tal que a partir del kilómetro dieciséis el dolor del talón seguía creciendo y temía que fuese a bloquearme.

La tensión que me generaba ese dolor creciente y la preocupación por lo que pasaría precisamente en la última etapa de mi reto comenzó a agobiarme y a desgastar mis energías. Así que comencé a experimentar afinando y modificando la técnica de carrera buscando que el apoyo del talón fuese el más leve posible. Y sí, resultó, modifiqué la postura, la cadencia y el movimiento y durante unos cuantos kilómetros no solo desapareció casi del todo el dolor sino que además podía ir más rápido sin invertir más energía. Fue un extraño oasis de fuerzas en el desarrollo de la carrera. Iba cuesta arriba casi acelerando. Ese lapso virtuoso en el que aproveché mi control duro bastante, casi diez kilómetros. Sin embargo, a partir del kilómetro veintiséis el dolor del talón se volvió a revelar y aunque soportable me ralentizó de forma clara.

A partir de ese momento ya todo sería un largo calvario hasta llegar a la meta. La necesidad de apoyar lo mínimo posible en el talón me cargaba la parte delantera del pie derecho haciendo que se saturase cada cierto tiempo. Esa situación llegaba a bloquearme el pie y tenía que parar de vez en cuando a masajearmelo para descongestionar el dolor. La suerte es que esos automasajes eran efectivos y me permitían seguir corriendo alrededor de un kilómetro más hasta que me vía obligado a volver a parar. Resultaba por una parte triste ver como me pasaban cientos y cientos de corredores pero por otra era reconfortante todas las muestras de cariño y ánimo que recibía. La familia de maratonianos si tiene algo es una profunda solidaridad con todos sus miembros y en especial en las situaciones difíciles. Al terminar la carrera me encontraría por la ciudad de Atenas con muchos de los corredores con los que hablé y que me animaron en su momento. No hay seres anónimos cuando se comparte una aventura de esta índole.

Me iba acercando al centro de Atenas y las paradas resultaban más frecuentes. El público se ofrecía a ayudarme y se interesaban por mí. Yo les indicaba que estaba bien que sólo era cansancio y en cierto modo era así porque después del masaje seguía como si tal cosa. La animación siguió creciendo kilómetro a kilómetro y ya se olía el gran ambiente del estadio olímpico Panathinaiko. Yo estaba ya muy harto de mi pie saturado y de tener que parar para seguir aunque por otro lado me sentía muy afortunado de que a pesar de todo estaba cumpliendo mi objetivo.

En el último kilómetro aún hice una parada y ya enfilé tragándome el dolor con todas mis fuerzas la entrada al estadio. Jamás en mi vida había visto una animación igual en la llegada a una maratón. El estadio era inmenso y espectacular, de una solidez mítica, el mármol de su estructura imponía su presencia milenaria. Cuando pisé el tartán negro que daba paso a su interior se me pasaron todos los dolores y una mezcla de risa y llanto se apoderó de mí. Pasar del sufrimiento agónico al entusiasmo emocionante es algo que un corredor de maratón conoce bien. Así estaba yo en ese momento. El marcador señalaba cuatro horas y veintiocho minutos. Me daba exactamente lo mismo. Allí estaba, había superado mis límites, mis problemas y tenía lo que quería Mi Maratón. Mi mujer me esperaba sonriente al otro lado del arco de meta y ese fue mi mejor premio, una sonrisa que clausuraba el sacrificio y abría el paraíso.

Después solo decir que seguí por mi propio pie, que al correr descalzo aún evité hacerme más daño y que ya estoy preparando la maratón de cierre de este ciclo, Castellón, dónde empezó todo.
Fotos del Maratón de Atenas 2014
El final es el principio. Maratón de Atenas. Duodécima maratón descalza del año. El final es el principio. Maratón de Atenas. Duodécima maratón descalza del año. Reviewed by Emilio Sáez Soro on noviembre 12, 2014 Rating: 5

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