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La fuerza de la ilusión. Maratón de Valencia.



La mente del corredor es un ente extraño a veces te lanza como un kamikaze a conseguir lo imposible y en otras ocasiones te llena de miedos e inseguridades sobre lo no debería ser muy problemático. No diré que esta mañana tuviese miedo en la salida de la maratón de Valencia, pero no hubiese apostado por mis opciones a hacer algo más allá que llegar con dignidad a la línea de meta. De hecho me había apuntado en el bloque de salida entre las tres horas y cuarto e y media y me daba la sensación de que estaría muy adelantado. Pero bueno ya estaba allí y la excitación de verte rodeado por miles y miles de corredores que iban a afrontar sus retos personales suponía una energía contagiosa. 
Con José Luis Nortes (Ninja) que haría con éxito su primera maratón descalzo (Foto de Pepa Peñalver)

Y comenzó la fiesta, sobre todo viendo a buenos amigos, encontré a Jorge que habíamos quedado inicialmente que iríamos juntos pero yo me acobardé y pensé que no podría seguirle al ritmo que me proponía porque apenas había hecho sesiones largas y una que hice la semana anterior acabé fatal. Pero bien, todo estaba listo y había que salir. Diecinueve mil corredores se preparaban a recibir la salida en una maratón en la que cualquier sensación iba a ser posible menos la soledad.

El grupo salió y poco a poco fui cogiendo ritmo y vino a saludarme un corredor con el que ya había coincidido en otras ocasiones, Nando de Rafelbunyol. El caso es que comenzamos a charlar y dándole al palique se pasaron varios kilómetros sin darnos cuenta. Yo también iba saludando a decenas de amigos e incluso familiares cercanos que me iba encontrando cada poca distancia. Creo que en ninguna carrera he saludado a tantas personas como en esta ocasión. Para mí sorpresa los kilómetros iban discurriendo a buen ritmo casi sin sentir. La buena conversación nos hacía olvidarnos de muchas de las pegas típicas al correr y sin embargo íbamos a muy buen ritmo. Al principio estuvo tirando Nando, pero ya a partir del kilómetro quince ya comenzaba a tirar yo mucho más sin darme apenas cuenta.

A partir de mitad de carrera me sentía pletórico (Foto de María José López) 


Pasamos la media maratón con alguna pequeña incidencia, pues a mí compañero se le abrió un pequeño bolsito que llevaba y se le cayó todo, geles, frutos secos, llaves, móvil y tuvo que parar a recomponer el desaguisado.  Tras el incidente retomamos la marcha y yo me notaba eufórico pues ya habíamos rebasado la media en una hora cuarenta y estaba intacto de fuerzas y sin ningún mal a pesar de que el asfalto de Valencia era exigente y había ratos que raspaba bastante.

Yo me había ido desprendiendo de todos los posibles temores que albergaba de forma un poco impetuosa porque sin darme cuenta seguía acelerándome. Nando me dijo de forma muy amable que me fuese porque me notaba muy fuerte y le hice caso porque si que sentía que debía buscar más de cerca mis límites esa mañana. Así que nos despedimos con mucho afecto pues habíamos pasado cerca de dos horas compartiendo la carrera. Yo prácticamente me disparé, me sentía genial y pasé de ir corriendo a cuatro minutos con treinta y tantos segundos a cuatro diez. Me tuve que serenar, pero no precisamente porque me faltarán las fuerzas. En el kilómetro veintiséis mis tripas comenzaron a querer hacerse notar. Yo nunca había tenido problemas intestinales en una carrera, pero parecía que esa quería ser la primera.  Y sí, me preocupé un montón, sobre todo ante la expectativa de no saber dónde resolver esa situación si no tenía más remedio que parar. Así que intenté concentrar mi mente en cosas más interesantes y pude ir conteniendo el asunto.

Toda la carrera fue discurriendo con mucha compañía (foto de Pep Iglesias)


Ya íbamos por el centro y con la enorme animación me olvidé de todo lo malo y disfruté de mis fuerzas que parecían ser inagotables. En el kilómetro 29 vi a mi gran amiga Maite que había tenido que renunciar a correr la maratón una semana antes por lesión. Fue un bonito encuentro ya que ella no había renunciado a la maratón y animando nos estaba dando la energía que hubiese empleado en correrla. Y sí, me vino genial esa energía pues comenzaba el trozo de asfalto más infernal del recorrido justo en ese momento. Unos quinientos metros de alfombra de clavos de piedra es la mejor descripción de ese trayecto. Por suerte mis pies han desarrollado todo lo necesario para pasar por cualquier sitio y casi no perdí velocidad a pesar de todo. Todo iba genial.

Pasé el kilómetro treinta y comenzó otro problema no tan imprevisible, los avisos de calambres. Mis gemelos comenzaron a tener movimientos espasmódicos con las típicas culebrinas. De momento eran suaves, pero eran un aviso. Tuve que refrenar mi impulso ante el temor de que se desencadenasen de forma más brusca. Así que bajaba el ritmo, lo iba subiendo poco a poco y cuando aparecían los espasmos musculares bajaba de nuevo. Sin embargo, estas incidencias no me suponían un gran desgaste, iba acompasando la zancada y cambiando su desarrollo buscando más suavidad pero no perdía marcha. A partir del kilómetro 35 ya casi habían desaparecido las molestias estomacales pero estaba muy pendiente del nuevo problema. Pasaba muchos corredores y era consciente de que iba a mejorar mi marca descalzo en maratón si conseguía que los calambres no me atasen a algún árbol.

El asfalto de las avenidas de Valencia al ser muy granuloso se hace muy áspero al contacto con la piel desnuda (foto de Susana Fabregat)


En el 35 me daba un poco de risa, porque estaba genial de fuerzas pero no podía correr todo lo deprisa que quería. Pero estaba feliz, parecía obvio que los calambres se debían a mi falta de entrenamientos largos pero la integridad de mis fuerzas los suplía con creces. La animación en los últimos kilómetros era brutal. Miles de personas apostadas en todas las calles animaban sin cesar, llamándonos por nuestros nombres. Vi a muchos amigos, también me paré a saludar a la gran campeona Charo Panizo, una mujer tan brava como encantadora. Me sentía en casa, en familia, rodeado de amigos y de gente maravillosa. Un carrera eléctrica, electrizante y eso sí, un poco acalambrada.

Y por fín, los dos últimos kilómetros. Cuando comenzaba el 40 vi al alcance al grupo de tres horas quince y me lancé hacía él como un poseso, quería adelantarlos y a pesar del mogollón de corredores que llenaba la calle siguiéndoles. Lo hice. Casi fue un sprint, los gemelos iban cantándome música bacalao y yo no quería hacerles caso, pero cuando lo pasé tuve que aflojar ante el riesgo de quedarme tirado. Llegó el 41 y el camino de entrada a la ciudad de las ciencias lleno de adoquines cuadrados de granito blanco con bordes y puntas afiladas. Horror. Pero me dio igual, tiré con fuerza para no perder ritmo y lo conseguí, ya al final se oteaba la larga alfombra azul. Entré con unas ganas enormes y se acabó, mis gemelos dijeron basta y se quedaron rígidos los dos. Pero para cabezón yo. Abordé los últimos cien metros hacia la meta como si fuese pinocho, en vez de dando zancadas, esquiando con las piernas rígidas sobre la alfombra azul. Estaba que mordía de dolor y felicidad. Tres horas quince y no se cuantos segundos y mi tiempo real, tres horas trece, nueve menos que mi mejor registro anterior y llegando con fuerza y con rabia. No volveré a no creer en mí si no tengo razones de peso real. Estaba pletórico. Los gemelos volvieron a su sitio en cuanto paré y ya no me molestaron más. 

El resto, lo bonito de compartir con los seres queridos las sensaciones y un resultado que lo que me decía es que todo está muy bien y que además queda mucho por hacer, porque la fuerza de la ilusión no conoce límites.

video

La película de la carrera
La fuerza de la ilusión. Maratón de Valencia. La fuerza de la ilusión. Maratón de Valencia. Reviewed by Emilio Sáez Soro on noviembre 20, 2016 Rating: 5

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