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El río que nos lleva. Maratón de París

Y por fin el 42




Fui a París a correr mi décimo octava maratón descalzo con la extraña sensación de que iba a ser una carrera diferente. Ya solo el hecho de correrla en esta ciudad para mí ya era muy especial. Entiendo que todo el mundo que ha estado en este lugar y le guste correr puede sentirse maravillado ante la idea de que te lo preparen todo para que la puedas recorrer a tu gusto. Y es que si algo tiene de bueno correr maratones es que la ciudad te pertenece durante esas horas en las que estás corriendo por ella.




Siempre digo que la diferencia entre la maratón y el resto de carreras de menor distancia es que la primera siempre es además una aventura. Si a ello añadimos el hecho de que en muchas ocasiones para participar tienes que desplazarte esa sensación se incrementa. Así maratón y fin de semana en París sonaba perfecto.

En lo referente a la maratón había que comenzar con la visita a la feria del corredor. Esta estaba dimensionada para alojar todo un país de corredores dentro de la ciudad. Sus dimensiones eran más propias de parque temático con vocación de atracción turística mundial. A veces me resulta extraño que una actividad tan simple como correr pueda mover tantísimos recursos y actividades. Y así, los espacios variaban entre el stand de Bálsamo de Tigre, los avanzadísimos relojes con GPS y sensores cardiacos integrados a las omnipresentes zapatillas. Aunque en esta ocasión por primera vez vi dos stands de calzado minimalista, las clásicas Five Fingers y unas muy interesantes que no conocía, Magical Shoes.

La feria del corredor daba para unas horas de visita
La verdad es que no nos recreamos mucho en la feria porque es que una vez vista una, vistas todas. Y también hay que decir que me sentía un poco acosado con tanta zapatilla por todas partes.

Para recrear un poco la visita y sacar la mente de tantas carreras y aprovechando que mi chica y yo celebrábamos nuestro aniversario, decidimos ir al Moulin Rouge. El problema es que parece que en el mundo del cabaret, el minimalismo solo vale si enseñas el culo, porque a mí no me dejaron entrar por llevar sandalias y enseñar los pies. Así que cambiamos de planes porque no era el momento de cambiar de personalidad. Ellos se lo perdieron.

La noche previa a la maratón siempre estás un poco tenso y pendiente de si no se te olvidará nada. Al fin y al cabo como lo de correr es tan simple ¿qué se te podría olvidar?: el dorsal, los imperdibles, el lugar de dónde sale la carrera, las zapatillas, no eso no, el reloj, algún gadget extra, el móvil por si haces fotos antes de salir y para localizar a los tuyos al final entre la multitud, la ropa del club, un pañuelo para el cuello-cabeza o lo que toque, la vaselina.....¡Dios, sí, la vaselina! ¿Haca falta vaselina para correr? Para correr no, pero para no acabar en carne viva una maratón sí.

Pues eso, eran las doce de la noche y me doy cuenta de que no tenía vaselina y yo soy muy dado a escocerme pero bien. Había que buscar vaselina y bueno, estábamos alojados en la zona de Pigalle famosa por sus locales nocturnos y sex shops, y pensaba yo que algo habría por allí. Así que me fui todo optimista a buscar vaselina por París a medianoche. Pregunté en varias tiendas pequeñas de estas que tienen de todo y no hubo suerte. Así que al final me metí en un sex shop de cinco pisos a ver si allí. Había una pared llena de tubos de fluidos lubricantes con todos los efectos imaginables. Yo solo quería vaselina simple y nada más. Al final, cogí un tubito de lubricante al agua que parecía bastante espeso esperando que pudiese servir. Así que más contento que unas pascuas salí del local de venta de placeres con mi fluido para algo parecido pero no igual.


El arco del triunfo quizás es el monumento más evocadora posible

Y llego el momento de la carrera. Los Campos Elíseos habían sido tomados por miles y miles de corredores. La organización daba el número de cincuenta y siete mil inscritos, aunque al final en la llegada serían unos cuantos menos. Era la carrera más multitudinaria en la que había estado jamás, no sólo de maratón, de cualquier índole. Los espacios para que los corredores nos fuésemos ubicando estaban muy bien preparados, con los servicios dentro para que a nadie le pillase en la cola del pis a punto de salir.

Estuve hablando antes de salir con algunos corredores españoles, de Zaragoza, Valencia y alguno más que no ubique. Todos estábamos ilusionados ante la próxima gran aventura.
La salida estaba secuenciada por tiempos previstos de finalización de la prueba. Los primeros salían a las ocho y veinte y los que pensaban tardar más de cuatro horas y media, saldrían noventa minutos después. Más de hora y media saliendo corredores por el arco de meta.

Por azares largos de contar yo iba a salir en el grupo de tres horas y media. En un primer momento era más tiempo del que pensaba hacer, pues quería intentar bajar mi último tiempo de tres horas ocho minutos, aunque solo fuese unos segundos. Como entre la salida de bloque y bloque dejaban correr alrededor de unos diez minutos, pensé en situarme en la parte frontal del que estaba ubicado para así poder salir corriendo sin obstáculos e intentar mantener un ritmo estable. Mi sorpresa vino cuando vi que esos planes no iban a servir para nada. Cada bloque por tiempos estaba dividido por vallas en dos subbloques uno en la parte izquierda y otro en la derecha de la avenida. Mi chasco vino cuando dieron la salida al bloque de tres horas y media, pero solo a la parte derecha. Cuando toda esta parte compuesta por miles de corredores terminó de salir abrieron la parte izquierda en la que me encontraba yo. Nada más salir nos fusionamos con los últimos que habían salido en el bloque anterior. Por suerte la avenida de los Campos Elíseos es inmensa y el primer kilómetro pude ir más o menos al ritmo que quería, eso sí sin dejar de hacer zig zag para adelantar corredores. 

Entre el zigzagueo y los saltos entre los adoquines descolocados que había en muchas partes ya comencé a sentir que estaba quemando mucha más energía de lo que tocaba. Me encantaba lo que veía pero no tanto cómo estaban evolucionando las cosas. Salimos a la espectacular plaza de la Concorde y ya comenzamos a correr por calles que no eran estrechas pero que ya suponían una merma de espacio muy grande para tanta gente. Me sentí aprisionado sin poder correr bien. Iba dando saltos entre la acera y el asfalto como una rana alocada para buscar un ritmo que no pillaba porque cuando pensaba que lo alcanzaba enseguida me veía refrenado por un muro de corredores. 


La carrera recorría París de parte a parte. En los datos se ve la evolución del ritmo de carrera.


Por el kilómetro cinco me di cuenta de que mis planes de buscar tiempos empezaban a no tener mucho sentido. Mi problema es que me encontraba fuerte y sin querer quería correr más de lo que el ambiente me dejaba. Sin embargo no solo era la dificultad de encontrar huecos para llevar la marcha fluida, sino que con cualquier mínima variación se producían ralentizaciones. Así, al girar calles en la parte inferior de la curva íbamos casi parados, al llegar a los avituallamientos se generaban aglomeraciones. La fluidez era la de un río en la que el agua va encauzándose sin que sus pequeñas gotas puedan decidir cómo.

Así, entre la tensión interna de querer correr más y la externa de no poder hacerlo tomamos La Bastilla y ya en el kilómetro catorce parecía querer abrirse un poco la carrera. Sin embargo enseguida volvió a la tónica anterior porque las calles comenzaron a ser muy diferentes y cuando se estrechaban volvía a "embozarse" la marcha. Había participado en carreras con mucha gente pero en esta ocasión era mucho más en todos los sentidos.

Llegó la media maratón y comprobé que la lucha por mantener un buen ritmo no había ido del todo mal pues estaba en una hora y treinta y cuatro. Sin embargo la sensación de cansancio era mucho mayor de lo que debería ser en esas magnitudes. Pero la animación era tan grande dentro y fuera de la carrera que ya no le di más importancia. A partir de ese momento ya tuve claro que tenía que olvidarme de todo y disfrutar del ambiente y eso hice. Había grupos de animación prácticamente cada kilómetro. A un corredor disfrazado de troglodita le dije que le faltaba el complemento definitivo para su disfraz, que era ir descalzo. Me dijo que no se atrevía pero estoy seguro de que se lo volverá a plantear.

Nos metimos a la misma orilla del Sena a correr por las pasarelas al lado del cauce y tuve que atravesar varias alfombras de pequeños vidrios, producidas con seguridad en el botellón del sábado por la noche. Me asustó un poco pero por suerte nada atravesó la piel de mis plantas. Aunque había relajado la marcha seguía adelantando a mucha gente pero con el consiguiente esfuerzo de ir haciendo eses. Me saludaban muchos corredores y parecía claro que el descalcismo no estaba muy en boga por allí porque no vi a nadie ni descalzo ni con sandalias. Aunque es obvio que no pude ver a todos si que era una muestra importante.

Y llegó el kilómetro treinta y la carrera cambió de forma radical para mí. Más que una pájara sentí como si un buitre leonado se me hubiese colocado de repente sobre los hombros. No es que se acabase la gasolina, pero me salió la luz de reserva dando destellos urgentes de peligro. De forma repentina me sentí sin fuerzas así que tocó entrar en fase de ahorro y ahí si que bajé el ritmo a base de bien. Sabía que llegaría pero quería hacerlo con dignidad y no me podía permitir desperdiciar ni una zancada. Me comenzaron a pasar cientos de corredores pero al menos yo ya no tenía que modificar mi trayectoria lo cual me relajó y descansó bastante. Por suerte mi cansancio resultó bastante llevadero pues ni tenía calambres ni tampoco los síntomas de deshidratación con los que comienzas a ver estrellitas moviéndose en el horizonte. Era falta de energía y nada más.


Mantener la compostura cuando estás agotado requiere mucha práctica :-)

En esos momentos en los que lo último que te apetece es continuar corriendo una hora más lo que mejor funciona es ajustar un ritmo mecánico dentro de tus posibilidades y poner la mente en modo off y seguir. Mirando el suelo como si fuese una película en la que pillar gazapos que quieren morderte los talones y saludando de forma mecánica a los muchísimos corredores y espectadores que me llamaban por mi nombre jaleándome, se me pasó esa hora endiablada. Y sí, mis pies, mis buenos pies, me llevaron a la alfombra en la que al final y con mucho trabajo finalicé otra maratón, esta, la de París que como las demás, nunca olvidaré. Luego llegaron los premios que hacen que el esfuerzo haya pesado menos, regalos, mucha bebida y comida y los besos de tu mujer que hacen que todo esto merezca la pena.


Todo esfuerzo tiene su merecida recompensa





El río que nos lleva. Maratón de París El río que nos lleva. Maratón de París Reviewed by Emilio Sáez Soro on abril 11, 2017 Rating: 5

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