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Volta al Terme de Gilet. Una media de montaña que vale por una maratón.

La Volta al Terme de Gilet es una carrera ante todo muy bonita.


Gilet es un municipio valenciano en el que comienza la Sierra de la Calderona en sus primeras estribaciones frente al mar. Y lo hace con poderío, mostrando parajes abruptos y también frondosos desde los que se contempla el océano con todo su esplendor. Yo conocía aquellos lugares aunque hacía muchos años que no corría por ellos, por esa razón me hacía ilusión participar en la media maratón de montaña, Volta al Terme de Gilet.

Cuando mi amigo y corredor descalcista Luismi Rus, me propuso participar, sabía que sería una experiencia hermosa y dura a partes iguales, lo que por una parte me animaba y por otra me generaba un poco de pereza. Pero la pereza es el vestíbulo de la muerte y siempre que siento pereza acabo haciendo lo necesaria por combatirla, así que me apunté sin pensarlo mucho o nada.

Cada vez nos encontramos más minimalistas y descalcistas en las pruebas de montaña. Aquí con Luismi Rus y Lucas Tejedor.


Ese martes 9 de octubre, era festivo en la Comunidad Valenciana y sentía el día más como un domingo que otra cosa. Hacía fresco en la plaza desde la que salía la carrera y me tuve que buscar una camiseta de manga larga de las que tenía de otras muchas carreras en el maletero del coche. Nunca me he preocupado demasiado de la pinta que llevo cuando corro y en esta ocasión llevaba colorines diferentes como para espantar todos los pájaros que surgiesen por el camino.

Después de saludar a muchos colegas habituales del mundo de las carreras, hacernos las fotos de rigor y comentar un poco lo que venía, Luismi y yo nos dispusimos de manera muy relajada a salir con el pelotón que inició su ascensión por las calles de Gilet, con más de quinientos corredores entre los de la prueba de 11 kms y la de 21. Cerca de kilómetro y medio de asfalto nos sirvió para ir calentando motores y preparando los músculos para lo que vendría.

Comenzó el camino que nos internaba hacia la montaña de forma bastante agradable, de tal manera que no tuvimos que dejar de correr e íbamos trotando sin mucho problema y además sin presión porque se estaban formando colas en los lugares más accidentados. El sendero se fue empinando de forma progresiva pero ni Luismi ni yo perdíamos apenas ritmo porque durante los primeros kilómetros seguían en la tónica de abundar más la tierra cubierta de hojas de pino que las piedras. Sin embargo el grueso del pelotón nos había rebasado cuando comenzamos a bajar la primera montaña de las cuatro que subiríamos. Esos primeros kilómetros fueron de gran disfrute pues los caminos eran bonitos y agradables de pisar, pues con las recientes lluvias la tierra se había esponjado mucho. Las vistas comenzaban a ser impresionantes ya que las primeras luces de la mañana hacían brillar el mar al fondo y refulgir de verde brillante las copas de los árboles.

El paisaje fue inmejorable todo el trayecto.


Se produjeron muchas sorpresas cuando  nos vieron llegar como si tal cosa en el primer puesto de avituallamiento. Como se produciría en las siguientes ocasiones nos pedían que les enseñásemos las plantas de los píes y que les contásemos como éramos capaces de ir por la montaña descalzos. Tras un pequeño rato de simpática charla y beber y comer, quizás demasiado en mi caso, salíamos de nuevo para el camino.

La mitad de la prueba costó pero íbamos bastante por debajo del tiempo límite, llegamos al kilómetro diez con dos hora y pocos minutos, cuando el límite estaba en tres. Luismi me avisó de que las cosas se pondrían peor a partir de ese momento. Él había estado explorando en las semanas anteriores el recorrido y tenía claro que la segunda parte nos costaría más. Y así fue.

En el dorsal podíamos ver el perfil de la prueba y por dónde íbamos en cada momento.


Ya hacía unos cuantos kilómetros que llevábamos la compañía del grupo escoba que iba recogiendo las señales que marcaban el camino. Íbamos en una animada conversación con ellos sobre multitud de temas porque el tiempo daba mucho de sí. Las vistas seguían espléndidas pero los caminos se habían llenado de piedras puntiagudas que no daban respiro a los pies que tenían que evolucionar por ellas con bastante cuidado. Ya no solo los descensos sino que también los ascensos se hicieron mucho más trabajados para avanzar. Muchas piedras se combinaban como cepos aprisionándote los pies por los lados y punzándoles por debajo. A veces tenía la sensación de que las piedras me cogían para que no avanzase. Pero avanzar avanzábamos sin dar tregua y paso a paso iban cayendo los kilómetros aunque la ventaja que teníamos sobre el tiempo límite iba menguando con rapidez, de hecho en el kilómetro quince, la hora de diferencia se había reducido a media.

Seguíamos subiendo y bajando montañas adaptándonos a la dureza del terreno pero sin perder resuello, hablando y disfrutando de la buena compañía. De vez en cuando, los tramos más duros nos imponían la concentración y se hacía el silencio. Hasta que llegamos al kilómetro dieciocho donde esperábamos encontrar el último puesto de avituallamiento, pero ya se habían ido. Nos quedaba el tiempo justo para llegar dentro del establecido en el reglamento. El terreno seguía igual de áspero y puntiagudo que en los últimos que habíamos pasado y no apuntaba a que pudiésemos acelerar la marcha. Pero en realidad solo faltaban un par de kilómetros pues el resto ya sería asfalto. Así que cogimos las últimas fuerzas y las pusimos todas a trabajar en marchar sin perder más tiempo. Aún tuvimos que escalar "el champiñón" un pequeño montículo aunque muy empinado que había antes de acceder al pueblo.

Por fin llegamos a las calles del pueblo. Quedaban diez minutos, así que no perdimos tiempo y nos fuimos corriendo, esta vez sí, directos a la plaza principal a cerrar la meta y la participación en la carrera. Luismi estaba muy contento, porque había logrado superar su record personal de distancia en montaña descalzo y sentía la progresión de forma muy sólida. Yo me sentía también contento de haberle podido acompañar en un día importante para él y además de haber disfrutado de un recorrido tan hermoso como duro. Lo mejor, fue que al llegar, a pesar de las casi cinco horas y media que nos pasamos pateando piedras, seguíamos sonriendo felices como antes de salir.

La llegada fue tan satisfactoria como difícil fue terminar en el tiempo límite.




Volta al Terme de Gilet. Una media de montaña que vale por una maratón. Volta al Terme de Gilet. Una media de montaña que vale por una maratón. Reviewed by Emilio Sáez Soro on octubre 10, 2018 Rating: 5

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